lunes, 6 de junio de 2011

TARDE DE TOROS



Es domingo,
qué calor hace,
un ardiente sol tórrido
cae a plomo sobre la calle.

En la calurosa sobremesa,
todos permanecen en casa,
uno ven la televisión
o se sientan bajo la parra,
otros duermen la siesta.

Las estrechas calles andaluzas,
están solitarias, calladas,
aunque eso sí,
bellamente iluminadas
por el refractar de los rayos de luz,
sobre las paredes calizas de las casas.

A medida que avanza la tarde,
las calles se llenan de vida,
es que hoy, hay corrida.

Por la calle Barrameda,
transita la gente,
y de vez en cuando una carreta
llena de mujeres bellas,
portando abanicos, claveles,
y algunas, mantilla sobre la cabeza;
además, en sus rostros
aparecen hermosas sonrisas de fiesta.

La calle es un bullicioso hormigueo
de gentes de todo tipo,
lo mismo van los abuelos,
que los inquietos chiquillos,
o incluso pasa alguna vez,
algún turista alto y rubio.

Al fondo de la calle,
concurrida calle adoquinada,
la Plaza.

La Plaza del Pino
es chiquita, pero coqueta,
en ella todos recordamos
inolvidables tardes de fiesta;
que bellos pases temerarios,
sobre aquella rojiza arena.

A medida que la tarde declina,
cuando la brisa marina,
hace que el calor desaparezca,
y aquellos aires fresquitos
hacen hondear las banderas;
en la plaza, termina la fiesta,
ya se divisan allí a lo lejos,
los primeros que regresan.

Quedan atrás los olés,
las palmas,
los maravillosos acordes de pasodoble,
la gracia,
el entusiasmo de la gente,
todo lo que hace a una plaza andaluza,
diferente.
A medida que cae la tarde,
cuando se impone la oscuridad de la noche
cuando ya terminó de pasar la gente,
todo el ambiente termina y se desvanece,
aunque aún perdure en el aire,
aquel extraño hechizo de muerte.



José Manuel Monge, Sanlúcar de Barrameda en 1980.

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